LA DÉCADA DEL POPULISMO

La primera década del siglo 21 estuvo marcada en el ámbito internacional por la incertidumbre e inseguridad que provocaron los atentados terroristas de 2001, la violenta respuesta de Estados Unidos y la OTAN en Medio Oriente y las estrictas, pero ineficientes, medidas de seguridad en los aeropuertos. La globalización, con la expansión de mercados, redes tecnológicas e influencias transnacionales, comenzaba así a mostrar su lado oscuro,  dejando en evidencia la erosión de la supremacía estadounidense.

Sin duda, los ataques a las Torres Gemelas por un puñado de hombres a bordo de aviones comerciales, inauguró una nueva era en la que el ideal de los mercados abiertos y la paz y estabilidad que supuestamente traerían al nuevo mundo globalizado se hizo añicos.

Esta erosión del sistema internacional imperante y la formación de un nuevo escenario también se observa al nivel del estado-nación con la aparición de populistas elegidos por mayorías nacionales sin precedentes con el mandato de destruir el sistema constitucional vigente y crear un nuevo pacto social a través de asambleas constituyentes, con toda la inestabilidad e incertidumbre que este proceso refundacional conlleva.

 

La elección de Hugo Chávez en Venezuela, un outsider de los partidos políticos tradicionales que gobernaban el país desde 1958, inauguró esta tendencia en Latinoamérica. Creando un partido político instrumental, Movimiento V República, que arrasó en las elecciones,  el fenómeno Chávez evidenció la obsolescencia del sistema de partidos políticos reinante — aquejados de verticalidad, clientelismo y autoritarismo en la toma de decisiones—como también la nueva tendencia participativa en la política.

Al igual que Venezuela, Bolivia y Ecuador refundaron sus sociedades de la mano de líderes que representaban al “pueblo”, a los sectores sociales excluidos del poder, a los que se cansaron de recibir órdenes y migajas del crecimiento económico y demandaban su incorporación real en la toma de decisiones.   

El caso de Evo Morales en Bolivia es emblemático debido a los extraordinarios niveles de exclusión del pueblo indígena y la radicalidad de su proyecto alternativo para organizar la sociedad. Aunque los pueblos originarios bolivianos conforman más del 60% de la población, desde la llegada de los españoles en el siglo 16, los sectores indígenas han sido sistemáticamente dominados, despojados de sus tierras y tratados como inmigrantes, como ciudadanos de segunda clase, en su propio reino. La llegada de la república y el gobierno de las elites criollas sólo significó una reformulación del estado colonial, el que sólo sería definitivamente destruido con la promulgación de la nueva constitución boliviana que reconoce un estado plurinacional y multicultural.

Aunque el caso chileno no es tan extremo como el boliviano, el sistema de partidos políticos, virtualmente congelado por la Constitución del 80, con su sistema electoral especialmente diseñado para mantener dos coaliciones dominantes y excluir a los partidos pequeños, está al borde del colapso. La aparición de Marco Enríquez-Ominami a.ka. el díscolo, quien obtuvo 20% de las preferencias nacionales en la primera vuelta de la elección presidencial sin el apoyo de ningún partido político tradicional significa, a mi juicio, el principio del fin del sistema político heredado de la dictadura. Hoy, tanto el candidato de la derecha, Sebastián Piñera, como el candidato de la Concertación, Eduardo Frei, están haciendo lo posible para desmarcarse de los partidos que los eligieron y los apoyan, como escribió Patricio Navia en La Tercera.

Luego de 20 años de una democracia vertical y poco participativa, en los que los “cuoteos” políticos y las designaciones “a dedo” de los candidatos de ambas coaliciones rara vez se pusieron en cuestión, los chilenos parecen estar listos para un cambio. Pero no para el cambio vacío que ofrecen Piñera y Frei, la incorporación de caras nuevas dentro de las mismas estructuras de poder.  

La prolongada transición a una democracia plena parece por fin ad portas de su término, dejando atrás los gestos tibios y compromisos políticos entre las elites gobernantes, quienes, como ilustra Fernando Paulsen en su columna en Foreign Policy en español, más de una vez han decretado el fin de la transición.

Para ponerle fin de una vez por todas a la transición, Chile debiera subirse al carro de la refundación,  a través de la elaboración de un nuevo pacto social diseñado popularmente, en el que los chilenos puedan elegir los principios básicos sobre los cuales quieren que la sociedad se organice, en el que se puedan discutir abierta y directamente los temas que hoy nos dividen.

Lamentablemente, ninguno de los candidatos, a pesar de sus desesperados esfuerzos de aparecer como outsiders, de elevarse por encima de los partidos políticos, quiere encabezar esta transformación.

Mientras que Piñera no ve nada de malo en el sistema imperante y sólo desea hacer cambios cosméticos en cuanto a la administración del poder, Frei prefiere dejar la tarea refundacional a las mismas desprestigiadas elites que dominan el Congreso. Ninguno de los dos parece cree realmente en la participación popular ya que saben que los chilenos no se sienten representados ni por los partidos y ni sus líderes, que si les dan la oportunidad de participar en la elaboración de un nuevo pacto social, lo más probable es que el reinado de las dos coaliciones  que han dominado la política por dos décadas tengan sus días contados.

Habrá que esperar entonces al siguiente ciclo de elecciones donde el deterioro del sistema político será incurable y el advenimiento de un populista, con todos los riesgos que esto implica, podría ser inevitable.

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Una Respuesta a LA DÉCADA DEL POPULISMO

  1. Te felicito por estar pensando en el caso chileno con una perspectiva más amplia.

    Haces un gran punto al destacar la fuerte corriente populista en la región. Ésta también tiñe casos notables como el de Italia, Rusia, entre otros.

    Vale la pena, visualizar qué pasa si el sistema chileno sufre cambios. Hacia donde avanzaría. Asemejas el sistema chileno al de la Bolivia pre Morales, en términos de exclusión. Señalas que Chile avanzaría hacia un esquema populista como el de sus vecinos. Piensas que eso es bueno? Hay matices?

    También es interesante pensar en el caso de Colombia. Un país que en los noventa realizó un proceso bastante impecable para renovar su constitución. Según muchos, una constitución de las más modernas del mundo: participativa, inclusiva hacia los distintos grupos, descentralizada, etc. Algo que satisfaria de sobra a los izquierdistas chilenos. En los municipios florecieron terceras fuerzas muy innovadoras. Esa constitución, sin embargo, no fue capaz de impedir un proceso populista tan profundo como el de Venezuela (aunque con otro signo), donde los partidos políticos han sido triturados en el proceso.

    Los partidos políticos son, en todas partes, fuente de vicios (es humano tener vicios). Incluso en la recientemente celebrada democracia de EEUU, la cara de Nancy Pelosi representa mucho de lo que Obama quiere distanciarse. Pero los partidos permiten transmitir información a los electores y e imponer disciplina a los políticos. Cumplen una función. Creo que el desafío es mejorarlos, en la medida de lo posible.

    Saludos desde el lado noroeste y feliz año.

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